Wednesday, May 14, 2008

Sibelius, el cristiano darwinista

“El Dios cristiano es un Dios que, desde la cultura moderna, se entiende como el Dios que crea y hace posible la libertad humana” Dios, ¿hipótesis insostenible ante el darwinismo?

- Bien, que pase el siguiente. ¿A quién tenemos?
- Su nombre es Sibelius. Acepta como un hecho, y no se arrepiente de ello, la evolución biológica con todas sus consecuencias. Se considera darwinista.
- De acuerdo, no se hable más, ¡al Infierno con él!
- Pero, hay un pequeño problema, Señor. Sibelius también se considera cristiano.
- ¿Cristiano? Sibelius, ¿es usted cristiano?
- Sí, Señor. Un cristiano que no es ajeno al conocimiento científico de nuestra cultura moderna.
- Un cristiano moderno, ya veo… Teniendo en cuenta las discrepancias en el registro fósil y la complejidad irreducible… Usted cree que Dios ha intervenido en el diseño del hombre tal y como es ahora, ¿verdad? ¡Con toda su gloria y perfección! ¡A su imagen y semejanza!
- Nada más lejos, Señor. Cualquier cristiano moderno e informado sabe que teorías como el diseño inteligente no son ni más ni menos que una versión moderna de la metáfora de la Creación. La ciencia biológica aporta multitud de datos, tanto del estudio del registro fósil como de la biología molecular, que indican que el hombre tiene antepasados comunes con otros seres vivos. El hombre tal y como lo conocemos hoy en día es fruto de un proceso evolutivo que implica mutaciones y selección natural.
- De acuerdo, Sibelius. Pero en ese proceso evolutivo, como cristiano, no me negará usted algún tipo de intervención divina para dotar al hombre de una finalidad en la Naturaleza, un privilegio del que no gozan el resto de los animales que pueblan la Tierra.
- Eso es poco probable, Señor. El hombre, con sus cualidades, se ha desarrollado en el mismo contexto histórico/biológico que el resto de los animales que pueblan la Tierra. La naturaleza humana no precisa de privilegios ni dones para ser tal y como la entendemos.
Sí, pero usted es cristiano, muy moderno e informado, pero cristiano. ¿Y el Libre albedrío? ¿Y la Moral cristiana? Reconocerá ahí la mano de Dios, ¿no? Algo divino que escapa a la estricta Ley Natural. La capacidad de elegir lo Bueno sobre lo Malo. La capacidad de arrepentirse de los pecados…
- Me encantaría que eso fuese así, Señor. Pero si somos consecuentes con la biología evolutiva, eso no tiene sentido. Lo que quiero decir es que ambas cualidades, libertad de elegir y actitud moral, tienen que ver con la conducta humana, que a su vez depende de la función del cerebro humano (ver también “Neuroscientific challenges to free will and responsability“). El cerebro humano es un órgano biológico y por tanto sometido a las mismas leyes biológicas implicadas en el proceso evolutivo. No hay nada de divino en estas cualidades, Señor.
- Muy bien, Sibelius. Es posible que todo eso sea biológico y efímero. Pero, ¿qué me dice de la trascendencia? Supongo que como cristiano seguirás el ejemplo de aquél que resucitó al tercer día según los Evangelios, y…
- Tenga en cuenta que el estudio histórico/crítico de Los Evangelios ha mostrado que están lejos de ser un texto histórico…
- … pero lo que quiero decir, si me deja terminar, es que un cristiano trata de seguir el camino de la Verdad Cristiana con el fin de alcanzar la Gloria de Dios. ¿Qué me dice del alma? Un alma que porte la individualidad de cada hombre con su historia y que finalmente le permita, si así lo mereciese, estar sentado a la diestra del Padre.
- Es una idea tan bella… Pero quiero ser coherente con la ciencia biológica. Con la muerte todo se acaba. Muerto el cerebro, muerta la individualidad humana. La trascendencia no tiene hueco en biología.

- Pero entonces…, usted niega cualquier tipo de intervención divina en el diseño del hombre, asume que el hombre, como el resto de los seres vivos, está sometido a las mismas leyes biológicas, acepta una moral basada en la función del cerebro como órgano biológico y duda de un alma que pueda trascender…, y para colmo, ¡duda de la verdad histórica de los Evangelios!…. Ahora dígame, Sibelius, ¿qué le queda de cristiano a un cristiano moderno y darwinista?

- Quizá Dios es el origen del principio de todo…
- Para lo que hemos quedado… ¡Al infierno con él!

Society for Psychical Research II: Fenómenos espontáneos

(…) the principles of investigation are those which apply in any scientific enquiry: gathering and testing the evidence, evaluating it, and looking for ways of interpreting and explaining it either within the existing models of reality or by postulating new models. The only belief implied by this pursuit is in the intrinsic value of rational enquiry. (Society for Psychical Research: Overview)

Este párrafo, que leemos en la web de la Society for Psychical Research (SPR), podría formar parte de los principios generales de cualquier otra sociedad de investigación científica. Como en el apunte anterior (Society for Psychical Research I: Declaración de intenciones), y siguiendo con un planteamiento escéptico de mínimos, voy a seguir haciendo énfasis en mi sana y naive perplejidad. Porque la misma sociedad de investigación que asume el párrafo inicial afirma la existencia de fenómenos como la percepción extrasensorial y la telequinesis, entre otros. Y a pesar de eso, no se ha producido una revolución copernicana en el campo de las Neurociencias. Algo falla. Y algo falla, porque en lugar de dicho párrafo en la web de la SPR no leo uno como el siguiente:

(…) los principios de investigación se desmarcan de los métodos científicos tradicionales: se obtienen datos, se evalúan, y se busca la manera de interpretarlos y explicarlos creando nuevos modelos de la realidad en función de la intuición y el estado de conciencia del investigador. El éxito de la investigación está en no dejarse llevar por la fría razón crítica.

Además, si seguimos leyendo la misma página, la SPR insiste en que aunque los fenómenos que investiga “parecen inexplicables asumiendo los modelos científicos actuales” su intención es demostrar su existencia estudiándolos de manera “sistemática y científica”.

¿Cuáles son los hechos que investiga la SPR? Fenómenos espontáneos. “Casos espontáneos son fenómenos naturales de la vida real que las teorías científicas necesitan explicar”. Además reconocen que, “son no repetibles y son susceptibles de todo tipo de errores de observación y análisis”. Para empezar, esto ya dificulta su estudio sistemático ya que la reproducibilidad es un elemento fundamental a la hora de explicar un suceso. Pero conscientes de esa dificultad, y a lo largo de los años, los investigadores de la SPR han sido capaces de poner a punto protocolos para realizar experimentos controlados. Tanto fue así que la metodología y los análisis empleados por los parapsicólogos fueron suficientes como para que la Asociación Parapsicológica formada en 1957 fuera aceptada en la American Association for the Advancement of Science en 1967. También apuntan que con las nuevas tecnologías disponibles fue posible minimizar la posibilidad de errores humanos en la interacción de los sujetos y los experimentadores o en los análisis estadísticos. ¿Qué más se puede pedir?

En sus Notes for Investigators la SPR describe distintos tipos de fenómenos espontáneos. Inicialmente, de partida, asumen que muchos de los fenómenos espontáneos sujetos a investigación, “tienen habitualmente una explicación en términos de causas físicas o del estado mental (??) de los testigos” y que “algunos que podrían no tener una explicación tan fácil serían: precognición, percepción extrasensorial, experiencias fuera del cuerpo, apariciones y poltergeist”. De cada uno de ellos la SPR aporta una breve definición explicativa y en algunos casos llamadas de precaución a la hora de interpretar estos fenómenos. Así por ejemplo, en Apparition Sightings, dice más o menos lo siguiente: “son casos en los que una persona, no soñando, enferma o bajo la influencia de drogas, ve una figura que podría no corresponderse con una persona real, u oye voces cuando nadie ha hablado. Es altamente probable que la mayoría de estas experiencias sean alucinaciones. Sin embargo, algunas de estas alucinaciones podrían ser consideradas verídicas ya que exhiben correspondencia, no fácil de explicar, con eventos externos”.

Así que los investigadores de la SPR siguen un método científico estricto y son conscientes de posibles artefactos en los fenómenos que investigan…., ¡pero la revolución científica no llega! ¿Por qué? Asumiendo que todos nos referimos al mismo método científico, se me ocurren algunas posibles razones (seguro que hay muchas más):

1- Los investigadores escépticos son unos estafadores
2- Los investigadores de la SPR son unos estafadores
3- La calidad de los datos experimentales obtenidos por la SPR es cuestionable
4- La interpretación de los datos experimentales obtenidos por la SPR es cuestionable

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Society for Psychical Research I: Declaración de intenciones

In 2007 the Society celebrates its 125th anniversary. It is worth reflecting on the inaugural presidential address given to the Society in 1882 by Henry Sidgwick, then Praelector of Moral and Political Philosophy at Cambridge. Reviewing the new society’s research agenda, which included thought-reading, clairvoyance and ‘obscure phenomena commonly known as Spiritualistic,’ Sidgwick considered it a ’scandal’ that there was a ‘dispute as to the reality of these marvellous phenomena.’ The society’s aim, he suggested, was to ‘kill’ this ‘attitude of incredulity’ by ‘burying it alive under a heap of facts.’ A sizeable heap rapidly began to accumulate, which to the present day continues to grow with increasingly greater sophistication. Yet the ’scandal’ persists.
Why the persistence? The answer has been given by several open-minded people: the broad scientific community has been entrapped for over two centuries in a materialistic mode of thinking, which incorporates a theory of the universe that is closed to anything of the kind studied by psychical reasearch. And scientists tend to be influenced more by underlying theory than by bald facts. Therefore, if the ’scandal’ is to be buried, it has to be done by theoretical developments as well as by facts. Since 1882, physics has undergone a cascade of revolutions that can make the data of psychical research more acceptable even if not explicable, but these revolutions and their implications have not filtered through to the broad body of scientists. Nevertheless, there is a discernible growth of dissatisfaction with this situation among the enquiring public, as well as an increasing number of scientists. The multifaceted activities and capabilities of the Society for Psychical Research presented in this website suggest that the society is destined to play a pivotal role in the growth of this new phase of intellectual development (A statement from the outgoing president)
-.-
A menudo cuando mostramos nuestro escepticismo crítico ante los fenómenos paranormales (en esta bitácora, en particular, los relacionados con las neurociencias) puede parecer que nos referimos principalmente a creencias populares o leyendas urbanas debidas a la falta de información o en su caso a la mala interpretación del conocimiento científico (objetivo). Al fin y al cabo el tiempo es escaso y es imposible comprobar todo lo que uno cree que puede ser “real”. Sin embargo, hay instituciones y sociedades cuyo objetivo es investigar dichos fenómenos paranormales, como la Sociedad para la investigación psíquica (SPR). ¿Cuál es la diferencia entre una sociedad como ésta y el gran público? Supuestamente cuando alguien se dedica a investigar acerca de algo es que le interesa saber la verdad (conocimiento objetivo) de aquello acerca de lo que investiga. Y para saber la verdad es imprescindible estar perfectamente informado (salvo excepciones como Benedicto XVI, supongo) además de utilizar un método para tales fines. ¿Adónde quiero ir a parar? Me gustaría hacer las siguientes asunciones (por supuesto, discutibles):
1- La SPR tiene como objetivo conocer la verdad acerca de los fenómenos paranormales
2- Puesto que hablamos de “investigación psíquica”, los investigadores de la SPR consideran que estos fenómenos están asociados al funcionamiento del cerebro
3- Los investigadores de la SPR “tienen en cuenta” el conocimiento obtenido por colegas investigadores de campos afines como la neurobiología, la psicología o la psiquiatría
4- Los investigadores de la SPR manejan hipótesis de trabajo que pueden ponerse a prueba para explicar los sucesos que investigan

Mi planteamiento es tan naive como el siguiente: Si fuesen ciertas estas asunciones, ¿cómo es posible que la SPR considere fenómenos como la precognición, la telequinesis, la telepatía o la percepción extrasensorial como fenómenos reales?

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¿Puede usted crear su propio fantasma?

He leído un artículo en la revista Enigmas. En 1994 unos estudiantes universitarios participaron en un experimento dirigido por el profesor de parapsicología experimental Robert L. Bourgeois. El objetivo: comprobar si es posible producir fenómenos psicoquinéticos mediante la creación de un espíritu o fantasma ficticio. A los estudiantes se les facilitó detalles exhaustivos de un personaje que había participado en la guerra civil norteamericana y había tenido una muerte trágica. Una vez reunidos alrededor de una mesa, practicaron técnicas de meditación para vaciar la mente y convertir la historia de aquel soldado en algo real en su imaginación. Durante la primera sesión algunos de los participantes tuvieron la sensación de sentirse observados. En siguientes sesiones describieron cambios en la temperatura exterior y golpes sincronizados en la pared. Según R. L. Bourgeois, estos experimentos supusieron la confirmación (¿?) de que estas personas eran capaces de crear efectos psicoquinéticos. En 2001 un grupo australiano dirigido por M. Williams y R. Lang realizó un experimento similar. Se inventaron un fantasma llamado Skippy Cartman, una adolescente que había sido asesinada tras quedar embarazada. Durante las sesiones escucharon golpes y observaron arañazos en la mesa, a pesar de que nadie tenía las manos apoyadas en ella. Los resultados se publicaron en el 2002 en el Australian Journal of Parapsychology (al que no he podido acceder). Según uno de los autores de este estudio, “algunos de los fenómenos que se interpretan como testimonios de personas fallecidas son en gran medida efectos psicoquinéticos de los vivos”. El citado artículo de Enigmas termina aludiendo a la idea tibetana de los “tulpas”: el pensamiento es algo más que una función intelectual que puede llegar a materializarse en un acto de voluntad deliberado.

A riesgo de ser redundante (Proyecto conciencia global: ¿de qué conciencia me habla?; Convirtiendo pensamientos en acciones… ¿telequinesia?), me pregunto, ¿cuál es la hipótesis de trabajo de estos experimentos? Parecen querer comprobar (¿?) que el pensamiento o la imaginación se puede materializar o tener consecuencias físicas en el entorno. Pero, ¿qué es el pensamiento o la imaginación? Pocos investigadores dudan ya de que aquello que entendemos por pensamiento o imaginación es actividad neuronal. Supongo que esta premisa, por fundamental, será tenida en cuenta por los investigadores implicados en estos estudios. ¿O no? Se me ocurren dos posibilidades para discutir: Estos investigadores parapsicólogos asumen que tareas intelectuales como éstas dependen de la actividad neuronal de áreas específicas de nuestro cerebro. Si la respuesta es “sí”, entonces leer A. Si, por contra, estos investigadores creen que imaginar o pensar tiene poco o nada que ver con la actividad de nuestro cerebro, entonces leer B.

A: ¿Puede alguien explicarme cómo la actividad neuronal de nuestro cerebro, que precisa de métodos muy sensibles para ser registrada y estudiada (PET, RMf, EEG), puede generar sucesos físicos en el entorno? (¿Hay algún físico en la sala?) ¿Qué hipótesis se propone? (Nota 1) Y, por cierto, ¿por qué la actividad neuronal relativa a otras acciones no es sospechosa de tener efectos psicoquinéticos? Por ejemplo, cuando andamos o hablamos o incluso cuando miramos o escuchamos algo con atención, hay tanta actividad neuronal en nuestro cerebro (en términos relativos) como cuando imaginamos o pensamos en alguien o algo.

a1.- ¿Será que la actividad neuronal relativa a imaginar un personaje ficticio es especial, y por tanto cualitativamente diferente de la relacionada con hablar o moverse? NO. Todas estas funciones precisan del mismo tipo de actividad neuronal (los mismos principios celulares y moleculares que generan cambios en el potencial de la membrana celular, diferentes frecuencia de disparo, etc). La diferencia está en las áreas cerebrales implicadas, lo que hace que la percepción (subjetiva) relativa a estas actividades pueda ser muy diferente, como ver, escuchar, recordar un hecho entrañable o imaginar un suceso particular. Pero, en cualquier caso, de cara al munodo físico exterior (para un PET, por ejemplo), es simplemente un patrón muy débil de actividad eléctrica.

a2.- ¿Será que es necesario que varias personas tengan simultáneamente la misma actividad neuronal en las mismas áreas de sus cerebros? NO. En muchas otras circunstancias hay muchas personas realizando la misma tarea simultáneamente y por tanto con actividades neuronales similares y no se habla de fenómenos psicoquinéticos. Pensemos en una carrera de 1500 metros o en una reunión de fieles que recitan simultáneamente pasajes del Corán o de la Biblia.

a3.- ¿Será que es necesaria una interacción particular de actividades neuronales de personas diferentes pero que han tenido experiencias similares y que no siguen un protocolo experimental estricto, etc, etc? Sin comentarios (Un dragón en el garaje).

B: Quizá cuando imaginamos un personaje, éste llega a ser tan vívido en nuestra mente que nos muestra una realidad física paralela con capacidad de interaccionar con la nuestra. En este caso sobran todas las consideraciones anteriores. No hay que tener conocimientos de actividad neuronal, ni del cerebro, ni de psicología…, ni de nada. Sólo hace falta fe. Huelga cualquier discusión. Los supuestos fenómenos pueden ser fantasmas del “más allá” o personas fallecidas o seres de otras realidades y dimensiones… Y se manifiestan cuando pensamos en ellos porque sufren o porque nos quieren decir algo o porque las redes energético-cuánticas son propicias… Si es esto lo que piensan estos investigadores parapsicólogos, bien. Pero que no nos confundan con máscaras de investigación científica. Con un lenguaje ambiguo, hablando de actividad mental o de psicología. Que hablen de fantasmas, espectros o encantamientos. Y el que lo quiera creer, que lo crea. Y que cree su propio fantasma cuando le venga en gana.

El fenómeno de la “impregnación”

A primera vista parece un apartamento normal, vulgar. Cualquiera diría que en él ha sucedido algo terrible, espeluznante, sobrecogedor… Hace cinco años, un psicópata torturó a doce niños durante siete días, ni uno más ni uno menos. Luego los degolló, uno por uno, y utilizó su sangre para escribir un pasaje de la Biblia en una de las paredes. Desde entonces la propietaria ha sido testigo de fenómenos extraños que, según ella, se han adueñado de la casa. Manifestaciones espectrales, cambios repentinos en la temperatura ambiental, voces que susurran su nombre… Un equipo de parapsicólogos (P1-P4) está llevando a cabo un trabajo de campo rutinario para investigar la causa de estos fenómenos paranormales:

P1: ¿Has instalado ya los sensores de campos electromagnéticos? Es necesario descartar que los fenómenos percibidos por la testigo son causados por distorsiones en el campo magnético terrestre.
P2: Sí, ya están colocados y funcionando. De momento nada anormal. ¡Ah! Recuerda que yo me tengo que ir hoy un poco antes…, por lo de mi hermana.
P3: Los ordenadores ya están encendidos y la temperatura monitorizada. De momento 25,3 ±0.2 C, nada anormal.
P1: ¿Y las cámaras fotográficas? ¿Habéis instalado las cámaras fotográficas?
P4: Sí, he puesto dos cámaras. Una enfoca a la entrada y la otra a la pared target.
P1: ¿100 ASA?
P4: ¡Claro! Como siempre.
P1: En mi opinión nos enfrentamos a un fenómeno de impregnación. Pensad en la situación que vivieron aquellos niños. Terror, odio, dolor, desesperación…, son sentimientos muy fuertes. De alguna manera, la carga emocional de los protagonistas de aquel suceso ha impregnado esta habitación. La película fotográfica nos debe ayudar a captar los campos energéticos, las huellas invisibles impresas en el éter. Quizá ellos siguen aquí, en una realidad paralela a penas perceptible. ¿Por qué se manifiestan? ¿Qué quieren decirnos?
P3: Por cierto, ahora que lo mencionas. Ya he introducido la grabadora en la cámara anecoica de Faraday. Tú me dirás cuándo pongo en marcha la grabación del sonido. Si todo va bien debiéramos captar al menos el nombre de la dueña…, supongo.
P2: ¡Correcto! Esperemos que estos no sean muy tímidos…
P1: No sé vosotros, pero yo tengo la impresión de que hay algo aquí dentro, y teniendo en cuenta que no soy sensitivo…
P2: Quieres que ponga a funcionar los generadores de ultrasonidos, por si las moscas…
P1: No, deja, tampoco creo que sean tan negativos o peligrosos… Tú márchate cuando quieras. Por cierto, ¿qué tal tu hermana?
P2: Bueno…, aún no saben si fue la situación de estrés producida por el accidente o algún golpe que recibiera en el mismo.
P1: Pero, ¿le han hecho pruebas?
P2: Sí, sí…, según el neurólogo puede haber un daño en el lóbulo temporal izquierdo de su cerebro. Nos habló de una zona del cerebro que se llama amígdala y que es, en buena medida, responsable del procesamiento de la información emocional. Por lo visto resultó hiperactiva en un par de pruebas de imagen cerebral. Esto puede estar causado, según el doctor, por un estrés post-traumático, lo que explicaría los síntomas… En cualquier caso, quieren seguir haciendo pruebas…
P1: Por supuesto, las pruebas son fundamentales.
P2: La pobre no puede olvidarse de lo que ocurrió. Parece que aquel maldito accidente ha impregnado su cerebro. Afortunadamente los ansiolíticos que está tomando le han venido de perlas. Al menos ya no se queja tanto.
P3: ¿Le dolía mucho la cabeza?
P2: No. Según mi hermana, mi madre iba tras ella…, la regañaba continuamente…
P3: También tu madre podría poner algo de su parte.

P2: Ojalá pudiera…, ¡murió en aquel accidente!

* Esta ficción está basada en el artículo “Mediums que ayudan a los espíritus“.
Ver también “The pathology of experience
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Sobre la mente de Eccles y el libre albedrío

“¿Quién podría dudar de la presencia del espíritu? Renunciar a la ilusión que ve en el alma una sustancia inmaterial, no es negar su existencia, sino al contrario comenzar a reconocer la complejidad, la riqueza, la insondable profundidad de la herencia genética y cultural, así como de la experiencia personal, consciente o no, que en conjunto constituyen el ser que somos, único e irrecusable testigo de sí mismo”
El azar y la necesidad (Jacques Monod)

¡Qué demonios soy yo! ¿Un espíritu en la máquina…, o simplemente una máquina, sin espíritu? La pregunta es inevitable. Pero igualmente inevitable es la apresurada respuesta de nuestra aludida voz interior: ¡Yo no soy una máquina “vacía”! ¿Y mi moral? ¿Y mi voluntad? Ciertamente, estas cualidades pertenecen al ámbito de la conducta específicamente humana, lo que significa, para algunos, que no pueden quedar “en manos” de algo tan material y vulgar como el cerebro. Debe existir una “entidad” diferente que dé cobijo a cualidades tan humanas y a la vez tan divinas como el mismísimo libre albedrío. ¡Necesitamos el espíritu! Bueno…, puede ser. Pero no nos detengamos en especulaciones filosóficas, vayamos a los hechos. Hablemos por un momento del neurobiólogo inglés John Eccles (otra vez) ¿Por qué? Por su defensa a ultranza de la dualidad mente-cerebro (dualismo interaccionista) siendo una autoridad en neurociencias, en la biología del cerebro. No en vano, Eccles recibió el premio Nóbel de Medicina en 1963 por sus trabajos en relación a la sinapsis. ¿Cómo justifica un neurobiólogo la existencia de una mente “inmaterial” y su interacción con el cerebro? ¿Sobre qué datos experimentales se apoya?

La mente de Eccles
En el libro que comparte con el filósofo K. Popper, “El yo y su cerebro” (Labor 1980), Eccles pone de manifiesto sus ideas dualistas y trata de aportar argumentos, algunos de ellos basados en la neurofisiología experimental, para encajar estas ideas en la biología del cerebro. Según Eccles, la mente autoconsciente (el yo subjetivo) es como un timonel que evoca el pasado, planea el futuro, actúa y dispone. Además es el que sufre, contiene deseos y esperanzas. La mente autoconsciente tiene un carácter moral, una personalidad, moldeada por sus acciones libres del pasado. Los deseos y voluntades de este “yo subjetivo” guían nuestra conducta porque la mente autoconsciente es activa, instiga procesos cerebrales, actúa sobre la maquinaria nerviosa. Interpreta al conjunto neuronal integrado y por tanto es responsable de la unidad de la experiencia. Y además recupera y selecciona los recuerdos que considera deseables en cada momento. ¿Cómo tiene lugar la interacción entre la mente y el cerebro? La hipótesis (1): La interacción entre la mente y el cerebro tiene lugar en la corteza cerebral. Hay una interacción entre lo que llama dendronas (dendrons), que son la unidad anatómica-funcional de la corteza cerebral (formada por grupos de neuronas) y las psiconas (psicons), que son la unidad funcional de la experiencia consciente. Esta interacción se daría en base a la mecánica cuántica (¡!). De esta manera las psiconas modularían o influirían en la conducta modificando la actividad de las dendronas, que son las que en último término guían nuestra conducta desde la corteza cerebral. Como se puede observar, en realidad, esta hipótesis no explica nada, sino que describe con palabras más técnicas, e introduciendo el “comodín” de la física cuántica, el eterno debate mente(psiconas)-cerebro(dendronas). Pero, ¿por qué ese empeño en inventar un cerebro “inmaterial” para controlar al cerebro biológico? De alguna manera, esta hipótesis parece querer satisfacer las convicciones metafísicas y religiosas de Eccles (quizá a partir de algo que le ocurrió a los 18 años, como menciona en el citado libro) sin traicionar demasiado su formación biológica.

¿Qué dice la neurofisiología?
Pero en “El yo y su cerebro”, Eccles hace referencia a algunos datos de la neurofisiología experimental que podrían apoyar sus hipótesis de dualismo interaccionista. En primer lugar, los experimentos que Libet realizó en los años 70 acerca de la percepción consciente de un estímulo. Los resultados de estos experimentos muestran que una vez producido un estímulo agudo en la mano hay un retraso temporal de aproximadamente 5oo milisegundos desde que el estímulo llega a corteza cerebral (y por tanto se registra actividad eléctrica cortical) hasta que el estímulo se hace consciente. En segundo lugar, los experimentos de Kornhuber, también en los años 70, acerca del movimiento voluntario. En este caso, con electrodos colocados en el cuero cabelludo, es posible detectar el potencial premotor (readiness potential), que siempre se asocia al movimiento voluntario, aproximadamente 800 milisegundos antes de que se ejecute el movimiento. Como se puede observar, en ambos casos hay un retraso temporal en la experiencia consciente de una función fisiológica (percepción, movimiento). Estos dichosos milisegundos, que pueden ser claves para seguir el rastro a aquello que entendemos por “ser consciente”, no pasaron inadvertidos para Eccles que sugirió una interpretación: “el lapso temporal observado podría reflejar los efectos acumulados de las ligeras desviaciones que produce la mente autoconsciente sobre la actividad cortical”.

Primero comenzamos el movimiento…, y luego decidimos movernos
Pero lo cierto es que la interpretación de Eccles no parece ajustarse a la realidad de los hechos. Me refiero ahora a los experimentos realizados por Libet y publicados en 1983 (2, 3), acerca de la relación entre el movimiento voluntario y la voluntad-intención de llevar a cabo dicho movimiento. El trabajo de Libet generó un intenso debate, todavía vivo hoy, en el mundo de la ciencia y la filosofía ya que va a la raíz de lo que podríamos entender por libre albedrío. En estos experimentos de Libet, al igual que en los anteriormente citados de Kornhuber, se registra en la corteza premotora de un sujeto el potencial premotor que siempre precede al movimiento voluntario. Este potencial premotor ocurre aproximadamente 700 ms antes de que se ejecute el movimiento. Pero lo interesante, como indican los resultados de Libet, es que dicho potencial premotor también ocurre antes de que el sujeto tome la decisión consciente de realizar el movimiento. Y ahí surge el debate. Según el propio Libet: “el acto voluntario comienza en el cerebro de una forma inconsciente antes de que la intención se haga presente en la conciencia”. Esto implica que el potencial premotor, además del propio movimiento voluntario, causaría la experiencia consciente de intención. Tanto es así, que si alteramos artificialmente la actividad de la corteza premotora mediante estimulación magnética transcraneal (TMS) se puede modificar, y así predecir, la decisión de un movimiento voluntario. En mi opinión, estos resultados van en contra de la mente autoconsciente de Eccles y de la existencia de una voluntad filosóficamente libre (léase libre albedrío) que actúa sobre la actividad cerebral y guía nuestra conducta.

La corteza premotora y la percepción de nosotros frente al mundo
Pero hay más datos que apoyan el hecho de que la actividad neuronal de la corteza premotora precede y causa la experiencia consciente de voluntad o intención. Por un lado están los experimentos realizados por Freid y colaboradores en 1991 (3). En estos experimentos se mostró que la estimulación de áreas específicas relacionadas con la corteza premotora (corteza motora suplementaria) generaba en los sujetos la sensación de querer realizar un movimiento. Es decir, en cierto modo, ¡la voluntad era inducida artificialmente mediante estimulación cerebral! Por otro lado, está la experiencia de lo que han denominado self agency (3). Es la sensación de que un movimiento determinado ha sido realizado por nosotros, de que nuestras acciones causan efectos en el mundo exterior. Bien, pues esta sensación, que tiene tanto que ver con la voluntad, depende de la actividad de la corteza premotora. En este sentido, cabe mencionar un fenómeno denominado rubber hand illusion (ver también el síndrome de la mano anárquica). Este fenómeno consiste en hacer creer a un sujeto que posee una mano artificial hasta el punto de que llega a considerarla como suya. Según unos recientes estudios de imagen cerebral , la sensación de “propiedad” de un miembro que nos pertenece y se diferencia de lo externo, resultó estar correlacionada con la actividad de la corteza premotora (4). La corteza premotora recibe conexiones de diferentes regiones cerebrales implicadas en otros sistemas sensoriales (visual, táctil y propioceptiva). Por tanto, no es de extrañar que la corteza premotora juegue un papel crucial en fenómenos como la sensación de intención o self agency que dependen de la integración multisensorial.

El espíritu…, un circuito más de la máquina
Es evidente que todos estos experimentos y sus resultados representan un avance real en el conocimiento de nuestra percepción del mundo y nuestra interacción con él. Hablar de percepción no sólo implica olores, colores, sabores o gustos, con su contenido emocional. Experiencias como la de “un yo subjetivo” o la de tener “voluntad” para llevar a cabo acciones sobre el entorno, son también percepciones causadas por la actividad de áreas específicas de nuestro cerebro. Ahora bien, el significado biológico de percibir olores o colores parece obvio. Pero, ¿qué sentido biológico puede tener la sensación de voluntad o intención posteriormente a que una acción haya sido decidida? Aunque suene a tópico, queda mucho por saber. Pero según P. Haggard (3) la percepción de intención puede tener que ver con la predicción del acto motor que se va a ejecutar y con sus efectos. Es decir, la experiencia de que somos nosotros los que ejecutamos un movimiento puede representar una ventaja para aprender las asociaciones funcionales entre acciones y efectos causados por dichas acciones. Y en definitiva, adaptarnos mejor a nuestro entorno. Poseer un “sujeto psíquico”no supone una ventaja evolutiva. La percepción de que poseemos un “sujeto psíquico”, quizá sí.

El libre albedrío no tiene sentido en biología
Hace unas semanas asistí a una conferencia en la Cátedra de Ciencia, Tecnología y Religión (“Determinación e indeterminación neural. ¿Dónde queda la libertad?). En el debate posterior a la charla, uno de los responsables de la Cátedra sugirió que, a pesar de lo que parecen indicar los últimos avances en el cerebro, aún debe existir un yo subjetivo que de alguna manera influye y guía nuestra conducta, y que no está estrictamente condicionado por el entorno (algo así como la mente autoconsciente de Eccles). Y para ilustrar el papel de este yo subjetivo, pone el ejemplo de un ludópata: Supongamos que el ludópata, después de acudir al psicólogo y conseguir una reconstrucción cognitiva y emocional, deja el juego. ¿Qué ha pasado?, se pregunta. Pues que el “sujeto psíquico” del ludópata, abierto a varias posibilidades, ha valorado el mayor peso de una de ellas y ha inclinado la balanza con su voluntad. Y yo me pregunto, ¿ha valorado…, en función a qué? ¿Cuál es el punto de referencia de ese “sujeto psíquico” y de su libre albedrío?¿Una moral superior fuera del contexto biológico? En mi opinión, los datos discutidos anteriormente están claramente en contra de la existencia de ese “sujeto psíquico”, flotando en una especie de burbuja aséptica por encima del cerebro, y para algunos cerca de Dios. Pero, además, si desconectamos por un instante nuestro chip “hechos a imagen y semejanza”, podríamos pensar que quizá el libre albedrío, entendido desde una perspectiva filosófica, no tiene sentido en biología. No tiene sentido porque hay factores que afectan a nuestro organismo (ejem, contenido emocional de experiencias previas) de los que no tenemos información consciente (accesible a la voluntad) pero que son cruciales a la hora de tomar decisiones y poner en marcha conductas adaptativas determinadas (en cierto modo, esto alude a la hipótesis del marcador somático, de Antonio Damasio). Nos guste o no, es nuestro cerebro quien decide, ya que integra toda la información posible a partir de la experiencia (factores biológicos y socio-culturales)…, y a veces nos lo comunica. Y más vale que así sea…, nos jugamos la supervivencia.

Quiero terminar con una frase del físico cuántico Rolf Tarach (5): “El estado completo, microscópico, de nuestro cerebro determina nuestras decisiones, pero nosotros no somos conscientes de ello, por lo que continuaremos tomando decisiones, que creemos libres, aunque no lo sean”

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Líbranos Señor de tu moral patológica

1 Aconteció después de estas cosas, que probó Dios a Abraham, y le dijo: Abraham. Y él respondió: Heme aquí.
2 Y dijo: Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré.
3 Y Abraham se levantó muy de mañana, y enalbardó su asno, y tomó consigo dos siervos suyos, y a Isaac su hijo; y cortó leña para el holocausto, y se levantó, y fue al lugar que Dios le dijo. (…)
9 Y cuando llegaron al lugar que Dios le había dicho, edificó allí Abraham un altar, y compuso la leña, y ató a Isaac su hijo, y lo puso en el altar sobre la leña.
10 Y extendió Abraham su mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo.
11 Entonces el ángel de Jehová le dio voces desde el cielo, y dijo: Abraham, Abraham. Y él respondió: Heme aquí.
12 Y dijo: No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único.(…)
16 y dijo: Por mí mismo he jurado, dice Jehová, que por cuanto has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo;
17 de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos.(…)
Génesis 22:1-19


¿Ahogaría usted a su hijo para salvar a un grupo de personas? Si hacemos el esfuerzo mental de situarnos en dicho contexto, esta pregunta supone un conflicto moral muy serio. ¿Es “bueno” sacrificar a una sola persona para salvar a un grupo? Quizá sí. Pero, ¿y si esa persona es su hijo? No cabe duda de que en este último caso la mayoría optaríamos por salvar a nuestro hijo. ¿Egoístas? ¿Y si alguien optase por lo contrario? ¿Qué pensaríamos de él? Supongo que, en principio, quedaríamos impresionados. ¡Alguien capaz de sacrificar a su propio hijo con el noble fin de salvar la vida de un grupo de personas! Admiraríamos su conducta moral como fiel reflejo de la divina condición humana. Condición que nos permite diferenciar el Bien del Mal y guiar así nuestra vida por el camino correcto. Altruista y bondadoso. A buen seguro que Dios estaría orgulloso de él, como lo estuvo de Abraham. Sí, probablemente pensaríamos eso…, pero hay un pequeño problema. Y es que optar por sacrificar a nuestro hijo en un dilema moral como el mencionado es antinatural. En otras palabras, alguien que toma esa decisión… ¡está enfermo!

Según el último trabajo del grupo del neurobiólogo Antonio Damasio y publicado en Nature, sólo los pacientes con una lesión en un área específica del cerebro, la corteza prefrontal ventromedial (ver figura), contestarían afirmativamente al conflicto moral planteado (“sacrificar a un hijo…”). Sin embargo, estos sujetos son capaces de resolver adecuadamente (comparado con los controles) otro tipo de conflictos morales fuera de la esfera personal y, por tanto, con menor contenido emocional. Los juicios morales requieren la combinación en nuestro cerebro de operaciones emocionales y racionales. Según los autores, la corteza prefrontal ventromedial estaría implicada principalmente en los juicios morales que requieren un alto contenido emocional. Como ya hemos mencionado en otras anotaciones, la corteza prefrontal juega un papel clave en el juicio moral, en diferenciar lo que está bien de lo que está mal (léase, contexto biológico). De nuevo, estos estudios de investigación en el cerebro muestran que la conducta moral humana no pertenece a la esfera de lo sobrenatural, de lo divino. Aquellos en los que la función de esta área del cerebro esté alterada tendrán un juicio moral distorsionado, incoherente con la función natural (biológica) del cerebro en la que prima la supervivencia. ¿Hay algo más importante que la descendencia?. La mala noticia es que nunca podremos ser como Abraham… ¡Estamos “diseñados” para ir al infierno!

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Intermezzo II

A través de Skeptico me entero de la última edición de los Annual Pigasus Awards que James Randi “concede” a las ocurrencias paranormales más extravagantes. El premio “al científico que dijo o hizo la cosa más estúpida relacionada con lo sobrenatural, lo paranormal o lo oculto” durante 2006 se lo lleva Rupert Sheldrake por sus estudios (¡!) sobre la “telepatía telefónica”: “los delirios de este hombre aumentan según pasa el tiempo y cada año se le ocurren ideas más estúpidas” Randi dixit. Estoy de acuerdo con la crítica de Skeptico a la concesión de este premio en tanto que es bastante cuestionable calificar a Sheldrake de científico. En esta bitácora ya nos reímos en su día con este tema: Un improbable futuro del cerebro: “la conexión invisible”.

En Scientific American.com se comenta un estudio mostrando que los individuos que tienen recuerdos de vidas pasadas son más propensos a equivocar la fuente de la que proviene una determinada información, un tipo de error que parece ser la antesala para la creación de falsos recuerdos. Una crítica al estudio es que los individuos utilizados en el estudio habían utilizado la hipnosis para supuestamente “recordar” sus vidas pasadas, lo que podría estar sesgando el estudio (es posible que la susceptibilidad para ser hipnotizado sea el parámetro que se correlacione con el cometer los errores de memoria evaluados). En cualquier caso este estudio coincide con los de Susan Clancy mostrando que la propensión a crear falsas memorias de las personas que afirman haber sido abducidas por extraterrestres.

Una vez más recomiendo alguno de los últimos apuntes de El Cerebro de Darwin: El planeta de los simios… calculadores, donde se comentan las habilidades matemáticas de los chimpancés (con un enlace a una página con videos mostrando dichas habilidades); ¿Fue Santa Teresa doblemente feliz? donde se ahonda (como el título del apunte sugiere) en la polémica suscitada por la película “Teresa, el cuerpo de Cristo”; y, sobre todo, ¿Es azarosa la evolución? donde Brainy da rienda suelta a su vocación literaria y a su inteligencia (guiada por el maestro Dawkins).

Y para finalizar una amena e intensa lección de neuroanatomía básica para facilitar la lectura de esta bitácora:

¿”Cascos de Dios” para celebrar la Pasión?

De nuevo la Pasión de Cristo… Sólo un breve comentario en cuanto a la relación del fenómeno místico y el cerebro, hecho del que ya hemos hablado en esta bitácora. Tiene que ver con un artículo publicado en 2005 que ha llegado recientemente a mis manos. Los neurobiólogos no ponen en duda la relación entre la actividad de áreas específicas del cerebro y las experiencias místicas. Y también otros fenómenos llamados extraños o considerados dentro del mundo de lo paranormal, como las experiencias fuera del cuerpo, las experiencias cercanas a la muerte o la sensación de presencias fantasmagóricas. O la mismísima presencia del todopoderoso, Dios. Uno de los investigadores que más a promovido la relación entre la actividad cerebral y la presencia de Dios es el neurólogo canadiense Michael Persinger . La cuestión es que él sugiere que fuentes magnéticas de origen natural (intensidad débil) pueden interaccionar con el cerebro y provocar este tipo de experiencias. Y lo ha confirmado con sus resultados en los que mediante estimulación magnética transcraneal (TMS) de débil intensidad provoca la percepción de fenómenos místicos en sujetos voluntarios. Y de aquí a los llamados cascos de Dios (God Helmet)…, sólo hay que navegar en la red.

El objeto de este apunte es poner en relieve (aunque con retraso) que los resultados de Persinger han sido puestos en duda por unos investigadores de Uppsala (Suecia). En un estudio doble ciego realizado a 44 estudiantes de pregrado, estos investigadores no consiguieron reproducir los resultados del neurólogo canadiense. A pesar, incluso, de consultar con el propio Persinger las condiciones de estimulación magnética. De esta relevante noticia se hizo eco Nature en su día. Así que la utilidad de los “Cascos de Dios” está en entredicho. Pero lo más interesante del trabajo de los investigadores suecos es que hubo un porcentaje de individuos que tuvo, de hecho, experiencias místicas, aunque independientemente de si eran sometidos a la estimulación magnética o no. ¿Entonces? ¿Dios juega a los dados…, con nosotros?

Las experiencias espirituales se correlacionaron significativamente con el “nivel” de sugestionabilidad de los individuos, de acuerdo a características de personalidad obtenidas mediante test determinados. De esta manera los sujetos podrían anticipar los efectos de la supuesta TMS. En otras palabras, la probabilidad de experimentar un fenómeno místico era tanto mayor cuanto mayor era la tendencia “new age” o “abierta” a asumir ese tipo de fenómenos, de los individuos. Los autores de este estudio se plantean si esta misma razón podría explicar los resultados de Persinger (1). Y sacan sus propias conclusiones: La asunción de la relación entre la activación de la corteza temporal y las experiencias religiosas es excesivamente simplista. A Dios no se llega simplemente mediante la estimulación de nuestro cerebro en la corteza temporal. Hay que tener en cuenta otras áreas del cerebro, como la corteza prefrontal, y otros factores motivacionales y cognitivos. Y por supuesto la personalidad de los sujetos. Bien pensado, esto podría explicar los efectos diferentes que causó la TMS en Susan Blackmore y Richard Dawkins.

En cualquier caso, la relación entre la actividad cerebral y la experiencia mística (al igual que otros fenómenos paranormales) no se cuestiona. Sí, los mecanismos neurobiológicos implicados en estos fenómenos.

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¿Ciencia contra religión?

En los debates sobre la existencia de Dios que uno puede mantener con un creyente o incluso con un agnóstico siempre termina surgiendo esa frase hecha de que “la ciencia no puede demostrar la no existencia de Dios”. En los últimos años varios científicos o filósofos de la ciencia del mundo anglosajón se han levantado en armas contra esa afirmación y han aparecido varios libros mostrando pruebas acerca de la improbabilidad de la existencia de Dios. El último exponente de este movimiento es sin duda Richard Dawkins y su “The God Delusión” que acaba de ser traducido y editado en España con el “políticamente correcto” título de “El Espejismo de Dios”. Posiblemente este es el motivo de que Muy Interesante haya dedicado la portada de su número de Abril de 2007 a este tema con el titular “Ciencia contra religión. ¿Son incompatibles?” El artículo más extenso dedicado a este tema es el titulado “Dawkins contra Collins. Dos formas de entender la relación entre la fe y la ciencia.” Francis Collins, responsable del proyecto Genoma Humano, es un ferviente creyente cristiano que acaba de publicar un libro “The Language of God” en el que intenta contrarrestar la ofensiva de los científicos ateos. El artículo está basado en un debate publicado en Time entre Dawkins y Collins el pasado Noviembre de 2006 y que también mereció la portada de la revista con el menos afortunado titular “God vs Science”. El debate ha sido comentado en Numenware (TIME magazine on Science vs. God ) y en eSkeptic (traducido en Delenda est Carthago) pero merece la pena leerlo porque Collins revela sus argumentos fundamentales dejando clara la debilidad de su posición. En realidad el objetivo de este apunte es transcribir algunos de sus comentarios (las cursivas son mías):

“Lo que yo le objeto a la ciencia es la asunción de que todo lo que podría estar fuera de la naturaleza está excluido de la conversación. Esa es una visión pobre del tipo de preguntas que los humanos pueden hacer, como ¿por qué estoy aquí? ¿qué sucede tras la muerte? ¿existe Dios? Si se rehuye reconocer lo apropiado de estas preguntas, se termina con una probabilidad cero para Dios tras examinar el mundo natural porque no te convence en base a las pruebas. Pero si tu mente está abierta a si Dios puede existir, entonces se pueden señalar aspectos del universo que son consistentes con esa conclusión.

Y más adelante:

Si estás dispuesto a contestar que sí a un Dios fuera de la naturaleza, entonces no es para nada inconsistente que Dios elija en determinadas ocasiones invadir el mundo natural de una manera que parece milagrosa. Si Dios hizo las leyes naturales, ¿por qué no podría violarlas en los momentos en que él podría considerar significativo hacerlo?”

En definitiva: “Mi Dios no es improbable para mi”. Es decir, como yo tengo fe en Dios, pues no hay nada que seas imposible para Dios y por tanto nada raro en lo que supuestamente este ha hecho (como crear el Universo). Y por supuesto no hay ninguna prueba científica que vaya a cambiar esto, porque al fin y al cabo eso es lo que significa tener fe.

Como supuestamente dijo William James, “muchos creen que están pensando cuando simplemente están reordenado sus prejuicios”.

“Fueron experiencias reales…” (House)

Seguimos con la Housemanía. En uno de los últimos capítulos de la primera temporada el Dr. House narra la enfermedad que le causó su característica cojera. A consecuencia de los tratamientos a los que se somete sufre una parada cardiorrespiratoria y durante ella tiene unas visiones sobre antiguos pacientes. En el capítulo House da su opinión, escéptica, sobre las experiencias cercanas a la muerte (ECM): “Fueron experiencias reales… la luz blanca que ven algunos y las visiones que tuvo este paciente son una reacción química que ocurre mientras el cerebro se apaga…”

En esencia este es el argumento que defendemos en el artículo que acabamos de publicar en el último número de El Escéptico (nº extra 22 y 23. Abril-Diciembre 2006): “Experiencias no-tan cercanas a la muerte”. Las ECM son percibidas por los pacientes que las viven como experiencias reales, porque en circunstancias excepcionales (patológicas o no) nuestro cerebro nos engaña y “crea” una experiencia que no está basada en percepciones obtenidas a través de los órganos de los sentidos. En realidad muchos de los detalles de una ECM pueden ser inducidos por drogas o por una hipoxia, lo que indica que estas experiencias no son tan cercanas a la muerte. En contra de esta interpretación se argumenta que las ECM se viven cuando el paciente es considerado clínicamente muerto. Pero, “podemos afirmar que, si un sujeto ha experimentado determinadas percepciones o sentimientos, y es capaz de recordarlos, significa que su cerebro estaba aún activo (aunque su actividad pudiera estar alterada) y, por tanto, no había muerte cerebral.” Para muchos las ECM son el principal “argumento en favor de la existencia de un ente espiritual (llámese alma) que sobrevive después de la muerte y que es capaz de separarse del cuerpo físico y tener conciencia de esa otra realidad en la que nos veremos inmersos, a buen seguro, después de morir.” Pero para defender esto finalmente se utilizan las descripciones que hacen los pacientes de hechos y personajes que vivieron o se encontraron durante la ECM y que les permite aportar información sobre cosas que, supuestamente, no podían haber conocido. Pero dado que las ECM se dan en circunstancias que son imposibles de controlar y, por tanto, de estudiar científicamente y que en cualquier caso son siempre descripciones de los propios pacientes (en algunos casos años después de haberlas vividos), nunca se pueden descartar explicaciones normales a estas supuestas situaciones extraordinarias (incluso en los casos más llamativos, como comentábamos en un apunte anterior).

En el mismo número de El Escéptico también publicamos una breve nota (“¿Estoy levitando… o me lo parece”?) comentando varios artículos recientes, que consiguieron cierta repercusión mediática, sobre experiencias fueras del cuerpo, un fenómeno que comparte muchos elementos con las ECM.

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Evaluar también la divulgación científica

Os recomiendo la lectura de un comentario de Antonio G. Valdecasas y Juan E. Iglesias (investigadores del CSIC) aparecido en “El País” de hoy (sección “Futuro”) titulado No con dinero público.

Comentan los autores la inclusión, en el último número (Invierno, 2006) de la Agenda Viva, Ciencia y Medio Ambiente en Madrid, -publicada por la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente, con el apoyo de varios organismos públicos- de una entrevista a Rupert Sheldrake presentado como “…uno de los biólogos más innovadores y controvertidos…”. Ya hemos hecho algunas referencias en esta bitácora a Rupert Sheldrake (por ejemplo en Un improbable futuro del cerebro: “la conexión invisible”, Sheldrake, Eccles y la mecánica cuántica y, sobre todo, en Pseudociencias en El País Semanal: Rupert Sheldrake y la “mente extendida”). En palabras de los investigadores del CSIC “Presentar así a un investigador cuyas publicaciones más importantes en los últimos 20 años se encuentran en revistas de parapsicología, el suplemento literario del Times y la revista de divulgación New Scientist (…), implica una ignorancia grave de la actividad científica (…) y desconocimiento de la escasa consideración que del doctor Sheldrake se tiene en la comunidad científica, que sólo sirve para entretener los ratos libres de científicos aburridos y lectores despistados.” “La revista es libre de entrevistar y escribir de lo que quiera, pero no debería difundir pensamiento mágico e irracional y presentarlo como ciencia, con fondos públicos. Y las instituciones financiadoras deberían tener en cuenta lo que se hace con el dinero de los contribuyentes.”

Lo importante del comentario de estos investigadores (al menos desde mi punto de vista) es que la difusión científica, al igual que la actividad de la que se nutre (la investigación científica), debería ser evaluada en su rigor e interés para merecer la confianza y fondos de los recursos públicos. Por ello solicitan la creación de una Agencia de Evaluación de la Divulgación Científica.

El comentario termina con una idea que me parece fundamental: “Habrá que tener en cuenta que no sólo es importante difundir unidades de conocimiento. Más importante es transmitir modos críticos de pensar, que se puedan incorporar en la vida cotidiana. Con ello nos jugamos mucho. No sólo un uso adecuado del dinero público sino también una contribución a la difusión de un pensamiento racional, del que esta sociedad está muy necesitada.”

Intermezzo I

A la espera de apuntes más jugosos, me gustaría comentar algunas cosas que he descubierto en la blogsfera. En primer lugar, un apunte fundamental en estos tiempos en los que se apuntala legislativamente la irracionalidad terapéutica (léase terapias mal llamadas alternativas o pseudoterapias). Lo he leído en la imprescindible bitácora sobre temas médicos Ciencia y Lejos, y se titula Y si el paciente se empeña en acudir a la “medicina” alternativa. Se trata de desmontar el mito de la inocuidad de las pseudoterapias, no tanto en relación con la ausencia de efectos secundarios (garantizada, por ejemplo, en la homeopatía), sino en cuanto a los riesgos de abandonar los tratamientos reconocidos en favor de procedimientos de nula eficacia (riesgos que se documentan en el apunte). De lo más interesante la discusión sobre la negligencia de los padres que llevan a sus hijos al pseudoterapeuta y de las acciones legales que se pueden llevar a cabo.

En otro orden de cosas, a través de Skeptico descubro el nuevo pastiche nuevaerero que pretende convencernos de que podemos cambiar la realidad sólo con pensarlo. Se trata de The Secret, y el susodicho secreto es el que acabo de mencionar, conocido desde hace siglos, y que es enunciado como Ley de la Atracción, supuestamente de igual validez universal que la Ley de la Gravedad. Tras el ¿éxito? de Y tú, ¿qué sabes? (que ya se puede encontrar en el videoclub de la esquina) se vuelve a abusar de la mecánica cuántica y del asombro que provocan sus predicciones, validas sólo en el mundo cuántico (menudencias que estropean una buena historia), para explicar la supuesta capacidad de nuestra mente de modificar la realidad a nuestro antojo.

Aprovecho también este breve apunte para recomendar la lectura de una nueva iniciativa científico-escéptica: El cerebro de Darwin. En parte porque, al menos la mitad de los artífices de la bitácora, se sirve de la neurociencia para desmontar muchas patrañas pseudocientíficas sobre la mente… es decir una copia descarada de esta misma bitácora (¡eh, que lo digo sin acritud!). La otra media naranja de esta iniciativa se encamina, por otro lado, a la defensa de la teoría de la evolución, tan agredida desde los sectores ultras cristianos. Y es que esta tarea de defensa es urgente dado el riesgo cierto de que la irracionalidad del debate político sobre la necesidad de enseñar alternativas a la evolución en los colegios puede traspasar la frontera de los Pirineos en cualquier momento. En fin, que el interés de El cerebro de Darwin está garantizado por la combinación de temas escogido. Y es que, parafraseando a Theodosius Dobzhansky, “Nada tiene sentido en neurobiología sino es a la luz de la evolución».

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“Los pacientes siempre mienten” (House)

Curiosa la máxima del Dr. House en la popular serie de televisión. La utilizo como excusa para mencionar un interesante artículo que desmonta falsas creencias basadas en el “sentido común”.
¿Se pilla antes a un mentiroso que a un cojo? Este es el título del artículo escrito por Jaume Masip, de la Facultad de Psicología de la Universidad de Salamanca (1). El título es de lo más atractivo, puesto que, efectivamente, por muy escépticos que seamos, tenemos cierta tendencia a aceptar de forma poco crítica afirmaciones derivadas del “sentido común”, del refranero o de la sabiduría popular.

La mayoría de las personas (¿también los que nos consideramos escépticos?) creen conocer ciertos indicios que les permiten detectar los que nos intentan engañar. Por ejemplo, muchas personas piensan que aquellos que están mientiendo apartan la mirada y que esto es una forma que podemos usar para detectar una mentira (“mírame a los ojos y dime la verdad”). ¿Cuánto de cierto hay en ello? Para contestar de basándose en pruebas (y no en intuiciones), Masip hace una revisión exhaustiva de los estudios científicos que se han llevado a cabo sobre la detección no-verbal del engaño. Más que referirme a las conclusiones o resumir su trabajo (cuya lectura recomiendo), sólo apunto algunas ideas.

Para empezar, no es cierto que tengamos una gran capacidad para detectar a una persona que miente usando sólo indicadores no-verbales. Los meta-análisis que se han hecho sobre la capacidad de detectar engaños han arrojado como resultado que la precisión humana para juzgar correctamente una declaración como cierta o falsa está en torno al 55%. Una capacidad muy limitada si se piensa un poco: de cada 100 declaraciones, como promedio 45 se juzgan erróneamente… poco más acertado que tirar una moneda al aire para saber si alguien miente o no. De hecho, en realidad somos más certeros al detectar la verdad que al detectar la mentira. Nuestra precisión al detectar una verdad se eleva al 60% mientras que la precisión al detectar una mentira está por debajo del 49%. Tal diferencia parece deberse, simplemente, a que tendemos a considerar que los demás dicen la verdad (un 55% de las ocasiones en lugar del 50% esperable por azar) (2).

Pero todos sabemos que los policías, los detectives, los jueces… (¿también los médicos?) tienen habilidades especiales para detectar a los mentirosos… ¿o no? Los resultados de los estudios no apoyan tal afirmación del “sentido común”. Los considerados “expertos” no tienen una precisión mayor que los “no-expertos” en detectar mentiras. En realidad, lo que hacen los “expertos” (como el Dr. House) es tener un sesgo contrario al de la población general: tienden a considerar que los demás mienten, con lo que su precisión para detectar mentiras se eleva ligeramente a costa de reducir su precisión para detectar verdades.

El Dr. House no es muy original con su afirmación; es lo que suelen decir todos aquellos en cuyo trabajo es importante detectar mentiras. Considerando que todos mienten es, desde luego, infalible detectando las mentiras… pero no acierta nunca al detectar verdades…

Para los interesados en saber si realmente existen indicadores no-verbales que sean útiles para detectar mentiras recomiendo que lean el artículo mencionado (e intenten evitar creerse las afirmaciones del sentido común de forma acrítica).

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Neuroconcienciación


Recuerdo que la lectura de El gen egoista de Richard Dawkins tuvo un efecto tremendo en la forma en la que yo entendía la teoría de la evolución (NOTA). Como biólogo conocía los mecanismos de la selección natural pero no era “consciente” del significado profundo que este fenómeno natural tiene para la comprensión de la vida y “su sentido”. A este proceso de concienciación hace referencia Dawkins en su último libro The God delusion, alertando que tras haberlo vivido ideas como el diseño inteligente dejan de tener ningún sentido. El último libro de Dawkins está dedicado sin embargo a otra concienciación que Dawkins quiere provocar entre sus lectores: la de los peligros de la educación religiosa de los niños y sus terribles consecuencias en el mundo moderno. Reconozco que a diferencia de El gen egoista, este libro no ha tenido el mismo efecto sobre mi, principalmente porque, debido a mi ateismo y anticlericalismo, ya estaba concienciado sobre dichos peligros. Me sitúo como Dawkins en el nivel 8 (del 1 al 9) de una escala de teismo que el autor de The God delusion propone. Es decir, considero tan improbable la existencia de Dios (el nivel 9 es la certeza absoluta de la no existencia de Dios), que actúo como si realmente no existiera y, en consecuencia, no considero especialmente respetables las opiniones provenientes de las autoridades religiosas ni validos los argumentos fundamentados en la creencia en Dios (revelación divina).

Pero en este apunte quiero hablar de otro tipo de concienciación, a la que hace mención el título, y que consiste en darse plena cuenta del alcance y limitaciones de las capacidades de nuestro cerebro. En realidad esta conciencia esta presente en el contenido de este bitácora y en su misma existencia como queda reflejado en el artículo que le sirvió de punto de partida (¿Cómo funciona el cerebro? Desmitificando el “poder de la mente”). Esta concienciación supone, por ejemplo, entender los mecanismos de la percepción, no sólo qué es lo que se puede o no percibir sino también como se percibe y como en determinadas circunstancias nuestros sentidos “nos pueden engañar” (como en el caso de las ilusiones ópticas, tema del último apunte en Psicoteca). También implica entender los límites de funciones cognitivas como la memoria, tema de nuestro anterior apunte (Regresando al futuro… con nuestros recuerdos), de cómo pequeñas lesiones pueden transformar la conducta de una persona como si del Dr. Jekyll y Mr. Hide se tratara (como nos enseñó el caso de Phineas Gage), y, por tanto, que lo que nos hace “genuinamente humanos” está firmemente arraigado en nuestro cerebro, de manera que no existe un alma inmortal que anima, valga la redundancia, el kilo y cuarto de masa encefálica alojada en el cráneo (con todo lo que esto implica para la religión, como ya comentamos en El cerebro: ¿el último refugio de Dios? I y II). Y, volviendo al comienzo del apunte, todo esto cobra sentido a la luz de la evolución biológica: nuestro cerebro no es más que un órgano fruto de las presiones de la selección natural, como lo son nuestras manos, o nuestro corazón, de manera que su estructura y función han permitido que el individuo (es decir, los genes que porta el individuo) se perpetúe en unas condiciones ambientales determinadas (muy interesante en este sentido el último artículo de Francisco Mora para El Cultural: Las ventajas de ser estúpido).

Pero quisiera alertar de algún peligro relacionado con esta concienciación, de la misma manera que Dawkins hace en relación a la evolución, y que acecha incluso en las páginas de esta bitácora. Lo ilustraré con un ejemplo. Cada vez está más claro que el cerebro construye “un modelo” de la realidad utilizando no sólo lo que nos es accesible a través de nuestros sentidos sino también utilizando nuestra experiencia previa. Esto hace que cada individuo pueda percibir de forma diferente un determinado estimulo y que este pueda tener un significado particular, sobre todo en términos emocionales. Pero el concepto “modelo de la realidad” puede ser sacado de contexto por determinados personajes para “demostrar” que la realidad no existe y que incluso puede ser creada por cada uno de nosotros (como se sugiere en la película Y tú ¿qué sabes?). De igual manera que los biólogos evolutivos corren el peligro de ser malinterpretados por los creacionistas de turno, al utilizar palabras como “diseño” con fines divulgativos, los neurocientíficos pueden ofrecer “falsas justificaciones” de determinados poderes extraordinarios de la mente al intentar explicar en términos sencillos cómo funciona el cerebro (un tema muy susceptible a este tipo de malinterpretaciones es el de la actividad subconsciente como ya se ha comentado en esta bitácora: ¿Un lugar en el cerebro para el “sexto sentido”?).

Para finalizar sólo comentar la importancia de esta concienciación en ámbitos como el de la salud. Si los responsables de sanidad en la Generalitat de Cataluña fueran conscientes de la capacidad del cerebro de modificar la percepción del dolor o de reducir el estrés psicológico asociado con el sentimiento de estar enfermo (efecto placebo), nunca habrían dado a luz el decreto que regula las terapias mal llamadas alternativas, todo un ejemplo de irracionalidad legislativa (como se ha comentado, por ejemplo, aquí y aquí). En fin, que aún queda mucho por hacer.

Regresando al futuro… con nuestros recuerdos


Durante la investigación del atentado de Oklahoma en 1995 la policía estuvo buscando a un posible cómplice de Timothy McVeigh, el autor del atentado, que había sido visto por un testigo en compañía de éste. Posteriormente se descubrió que el testigo mezcló en su recuerdo la escena de haber visto a McVeigh el día del atentado con otra un día después en la que vio a una persona junto a alguien que se parecía a McVeigh. Los testigos del “asesino del tarot”, el francotirador que aterrorizó Washington en 2002, recordaban haber visto una furgoneta blanca en la escena del crimen. Cuando se detuvo al responsable de los asesinatos conducía un coche azul. La modificación del recuerdo de los testigos se debió a una “intoxicación” de los medios de comunicación que informaron de la presencia de una furgoneta blanca cerca de lugar donde se produjo el primer asesinato. Estos ejemplos ponen de manifiesto que nuestros recuerdos no son una reproducción literal del pasado, sino que se elaboran reuniendo fragmentos de información de diferentes fuentes. Es más, nuestros recuerdos no son algo fijo sino que pueden ser modificados drásticamente o incluso creados desde cero por influencia de nuestra imaginación o de las narraciones de acontecimientos hechas por otros (falsos recuerdos). Pero nuestros recuerdos erróneos son considerados muy “reales”, en ocasiones tanto como los más precisos. Muchas son las consecuencias de este funcionamiento de la memoria, y entre las más importantes esta el cuestionamiento del valor de los testimonios individuales en, por ejemplo, un proceso judicial (“Our changeable memories: legal and practical implications”). En este contexto conviene recordar que la gran mayoría de las pruebas a favor de muchos fenómenos paranormales son precisamente testimonios individuales. El ejemplo paradigmático es el de las abducciones extraterrestres en las que el recuerdo de la experiencia es creada más o menos intencionadamente por los psicólogos (especialistas en abducciones) a los que acuden las supuestas víctimas.

Pero ¿por qué es tan poco precisa nuestra memoria? Un primera respuesta sería que no es necesaria esa precisión. Los errores nos mostrarían una adaptación del sistema, no un defecto: es más “económico” recordar sólo los aspectos fundamentales de un episodio vivido. En un reciente ensayo publicado en la revista Nature (“The ghosts of past and future”) se sugiere una explicación alternativa mucho más desafiante: que los recuerdos no son reconstrucciones del pasado sino del… futuro. Al fin y al cabo la información sobre nuestras experiencias pasadas sirve para anticipar lo que ocurrirá en el futuro. Pero como el futuro no es una replica del pasado, es más útil “simular” lo que nos va a ocurrir, con toda la información disponible, y “crear” un episodio imaginario que nunca ocurrió en esa forma exacta. Si bien esta hipótesis no ha sido demostrada experimentalmente, algunos datos clínicos de enfermos neurológicos y psiquiátricos cuadran con ella. Y sobre todo varios estudios de neuroimagen mostrando que las áreas cerebrales que se activan cuando recordamos episodios de nuestra vida pasados y cuando imaginamos episodios futuros son muy similares (NOTA). Sin duda esta hipótesis será muy estimulante para el diseño de futuros estudios sobre un campo tan importante como el de la memoria. Y también para la especulación: ¿ha sido la capacidad de imaginar escenarios futuros el motor para el desarrollo evolutivo de la memoria episódica? (“The Janus face of Mnemosyne”).

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